Tres Mares es un nombre nuevo para algo que lleva más de diez años funcionando. Cuando Carlos Vargas cuenta la historia, arranca antes de que hubiera un negocio, en una época en que Airbnb tenía poco de existir, sobre todo en Costa Rica.
Primero fue huésped
Carlos conoció Airbnb en 2014, cuando se hospedó por primera vez en uno para el Mundial de Brasil. Más o menos un año después, en 2015, viajó a Medellín y se quedó en una habitación del apartamento del propio anfitrión. En ese tiempo era lo más común: una habitación privada en la casa donde vivía el anfitrión, y conocerlo en persona.
Una noche se tomaron unas cervezas en el balcón y el anfitrión le enseñó Airbnb desde el otro lado, el del anfitrión. Carlos recuerda muy bien lo que pensó: “eso es un negocio puesto en una bandeja de plata”. Volvió a Costa Rica con la idea de crear algo propio como anfitrión.
Una habitación libre
En ese momento vivía en un apartamento de dos habitaciones, su primer apartamento de soltero, que compartía con su primo. Un par de meses después del viaje a Medellín, el primo se fue a estudiar una maestría en administración de empresas al INCAE, donde tenía que vivir. Quedó una habitación vacía, y Carlos la puso en Airbnb.
Trabajaba como gerente de operaciones en Western Union y le daba mucha curiosidad la economía colaborativa en general. Uber también estaba empezando en Costa Rica, y Carlos estuvo en primera fila en el segundo entrenamiento de Uber que hubo en el país. Salía de la oficina a las 6 de la tarde y manejaba hasta las 9 o 10 de la noche, todos los días, para aprender el negocio. Después compró un par de autos para que otros choferes hicieran Uber con ellos, una pequeña flota que le dejaba un ingreso aparte de su trabajo de 8 a 5.
Los inicios
Mientras tanto, la habitación libre recibía a sus primeros huéspedes.
La primera cama que Carlos tendió para un huésped de Airbnb.
“Mi primera cama tendida para Airbnb”, escribió años después debajo de esa foto. También pensaba tomarse una foto con cada huésped que tuviera, y empezó a hacerlo con los primeros que llegaron.
No había caja para la llave, y mucho menos cerradura inteligente. “No tenía caja de seguridad para llave y mucho menos un llavín inteligente!” Las instrucciones para los huéspedes eran buscar las llaves bajo la alfombra de la puerta o colgando de la jardinera, frente a la maceta.
La jardinera y la maceta donde las llaves esperaban a los huéspedes.
Diecisiete monedas
Hay una foto de esos años que para él vale más que las demás. En un plato de vidrio de Murano, Italia, dejaba 17 monedas de euro, como una prueba de humanidad. Era soltero y no tenía nada que perder más que cosas materiales, cuenta, así que no le importaba si se perdía alguna moneda o cualquier otra cosa del apartamento. Cada vez que un huésped hacía el check-out, contaba las monedas.
El plato de vidrio de Murano con sus 17 monedas de euro.
Nunca faltó ni una. Y una vez, un huésped hasta dejó un billete de 20 dólares encima de las monedas como propina. Para Carlos, ese plato representa la confianza en la plataforma, la base de todo lo que vino después. En esa primera habitación aprendió a confiar en Airbnb y en los huéspedes, y empezó a entender qué necesitan y qué quieren.
Sharon, y una casa completa
Después, como él mismo escribe, “Sha entró a mi vida”. Sharon Barrantes, hoy su esposa, también es parte de todo este negocio. Carlos tenía una segunda casa en el mismo condominio, alquilada a largo plazo. Cuando esos inquilinos terminaron el contrato y se mudaron a una casa que estaban construyendo, Carlos y Sharon se pasaron a vivir ahí, porque era más grande. La casa donde todo empezó con una habitación privada salió a Airbnb como casa completa.
Entre sus fotos viejas hay unas de Sharon y Carlos comprando auto, para lo que luego sería una parte clave de su negocio de alquiler de autos.
De anfitrión a administrador
La casa completa tuvo mucho éxito. Un primo que vivía justo detrás se fue a vivir a España y le pidió a Carlos que pusiera su casa amueblada en el negocio. Ese fue su primer trabajo como administrador de propiedades, por ahí de 2016 o 2017. Luego los vecinos se enteraron de que le estaba yendo bien y le pidieron ayuda con sus casas también.
Tiempo después, ese primo volvió de España con un proyecto en mente. Compró un lote en Monteverde, contrató a un arquitecto y construyó Kapetsowa Container Loft, a menos de un kilómetro a pie de la reserva biológica principal. Su diseño llama la atención de todos los que caminan hacia la reserva, y se volvió todo un ícono en Monteverde. Ya suma más de 700 reservas, y Carlos la llama la joya de la corona. También fue la primera casa que manejaron a distancia.
Pequeños a propósito
De ahí la operación fue creciendo poco a poco, con trabajo bien hecho, con mucho detalle, con mucho cariño y de forma muy personalizada. En algún momento antes de la pandemia llegaron a 25 propiedades. No han querido crecer más, dice Carlos, porque a partir de ahí se vuelve algo muy comercial. La idea siempre ha sido manejar solo las casas que pueden atender personalmente, y eso es parte de su forma de ser y de su marca.
Más de diez años después de aquella habitación libre, el negocio por fin tiene nombre, Tres Mares, y Carlos y Sharon lo siguen llevando así. En Nosotros hay más sobre los dos.
Preguntas que responde esta guía
¿Cuándo empezó Tres Mares?
Con una sola habitación libre en el apartamento de Carlos Vargas, un par de meses después de un viaje a Medellín en 2015 en el que un anfitrión le enseñó cómo funciona Airbnb del lado del anfitrión. El negocio tiene más de diez años. El nombre Tres Mares es nuevo.
¿Cómo nació Kapetsowa Container Loft?
El primo de Carlos volvió de España con un proyecto en mente, compró un lote en Monteverde, contrató a un arquitecto y construyó el loft en contenedor, a menos de un kilómetro a pie de la reserva biológica principal. Ya suma más de 700 reservas.
¿Cuánto ha crecido Tres Mares?
En algún momento antes de la pandemia llegaron a 25 propiedades. Tres Mares decidió no crecer más allá de eso, para poder atender cada casa personalmente.

